Los creadores de Adidas y Puma eran hermanos y se odiaban 


Se enzarzaron toda su vida en una batalla comercial sin escrúpulos que se extendió a sus hijos y nietos. Adolf (Adidas) y Rudolf Dassler (Puma) crearon dos emporios de calzado deportivo y patrocinaron a las mejores estrellas del siglo XX. La periodista Barbara Smit reconstruye en un libro la historia de esta saga alemana que llevó a sus empresas a la cima movida por el odio
 


En esta historia el lema olímpico del barón de Coubertin –ese que aseguraba que lo importante era concurrir– es un brindis al sol. Y la proverbial fraternidad que se han de profesar dos hermanos, una pantomima sentimental. Ni atisbo de deportividad ni de amor familiar y sí grandes dosis de mercantilismo cainita, bajeza moral y traición. Los hermanos alemanes Adolf y Rudolf Dassler, que hace casi 60 años crearon respectivamente las marcas de material deportivo Adidas y Puma, se odiaron hasta lo inhumano por culpa de una brutal competencia comercial. Recurrieron a los más turbios tejemanejes, a métodos mafiosos y triquiñuelas de arrabal para descabalgar al rival y colocar a sus compañías en la cumbre. Combatieron juntos en el frente belga durante la Gran Guerra; el resto de sus vidas personificarían el goyesco cuadro Duelo a garrotazos en versión bávara y con deportivas en los pies.

Con idéntica saña se comportó su descendencia, hijos y nietos que heredaron el negocio y la rivalidad, perpetuando una contienda doméstica que aún colea. Lo cuenta pormenorizadamente la periodista holandesa Barbara Smit en el libro Hermanos de sangre (LID Editorial). La obra –una mirada afilada y retrospectiva que indaga en el origen del deporte como espectáculo de masas, patrocinio de sus grandes figuras y negocio mundial sin escrúpulos– husmea en archivos, federaciones y vidas secundarias. Analiza la trastienda de dos marcas míticas que facturan miles de millones de euros al año (10.000 en el caso de Adidas; 2.300 para Puma) y que hoy en día cuentan con enjambres de jóvenes consumidores que se personifican con sus ídolos a través de un atuendo que los estilistas llaman casual.

Desde las medallas berlinesas de Jesse Owens hasta los quiebros del blaugrana Lionel Messi, Smit traza una desconocida historiografía del deporte y su inmenso poder para generar toneladas de dinero, un folletín de despachos y vestuarios sin un ápice de misericordia. Sin embargo, como en las épicas tragedias, el relato arranca plácidamente. Lo hace en Herzogenaurach, un tranquilo rincón de Baviera, Alemania.
El calendario señalaba 1926. En el interior de la «Gerbüder Dassler Schuhfabrik» los hermanos Adolf y Rudolf confeccionan zapatillas y pantuflas sin marca. También calzado con clavos para los pocos temerarios que se dedican a eso de correr al aire libre. Buena calidad en los materiales, sabia manufactura, resistencia extrema... Las bondades del calzado Dassler llegaron a oídos de Josef Waitzer, entrenador del equipo alemán de atletismo. Con Adolf (más conocido como Adi) en el papel de artista introvertido, y Rudolf como dicharachero relaciones públicas, la pareja no tardó en colar sus productos en la villa olímpica en los Juegos de Berlín de 1936. Además, el advenimiento del nazismo supuso una inyección económica, contemplando el deporte como el espejo perfecto para mostrar al mundo la perfección aria. Pero fueron los Juegos de Jesse Owens. Para disgusto de Hitler y su cineasta de cabecera Leni Riefensthal, el atleta negro se colgó al cuello la gloria dorada cuatro veces por delante de muchachos rubios y de mirada azul. La proeza contenía un secreto: Jesse calzaba unas zapatillas de clavos obra de Adi Dassler. La compañía comenzaba a despegar de la mano –y los pies– de un liviano muchachito de Alabama.

Antagónicos en su manera de interpretar la vida y la empresa, Barbara Smit incide en que las desavenencias entre Adolf y Rudolf se recrudecieron durante la II Guerra Mundial. Por orden del III Reich, la factoría se reconvirtió en taller de tanques y repuestos de lanzamisiles. Adi se libró de empuñar armas para hacerse cargo del bélico rumbo que había tomado su empresa. Rudolf, convencido de la causa nazi y chivato de la SS, se unió a las tropas en Sajonia y desde allí escribió una misiva a su hermano llena de afecto: «No dudaré en pedir el cierre de la fábrica para que tengas que asumir una ocupación que te permita jugar a ser jefe y, como deportista de elite que eres, tengas que llevar un arma».
Cisma familiar. Para colmo, el clima doméstico explotó al acabar la contienda. Tras un juicio celebrado por los aliados para evaluar su nivel de compromiso con el nazismo, Adi salió exonerado y pudo retener el control de la empresa. Con la derrota en la maleta y tras haber sido prisionero de los americanos y denunciado por su propio hermano, Rudolf tuvo que emigrar, con mujer y dos hijos, al otro lado del río Aurach para empezar de cero en una pequeña fábrica en Würzburgerstrasse. El lugar se emplazaba a pocos kilómetros, pero la reconciliación entre ellos distaba una galaxia. La mitad de los empleados –los técnicos– se quedaron con Adi; la otra mitad –los de ventas– se enrolaron con Rudolf. El río marcó la linde entre los adeptos de uno u otro hermano. De este cisma nació la marca de calzado deportivo Puma en 1948, fundada por Rudolf. Un año después, Adolf registró otra compañía para hacerle la competencia. Fundió en un solo nombre su diminutivo y el comienzo de su apellido. Había nacido Adidas.

La primera gran victoria de este duelo fraternal se la apuntó Adi en el Mundial de Suiza de 1954. Envanecido y endiosado, Rudolf había menospreciado al entrenador alemán Sepp Herberger, quien comenzó a trabar amistad con Adolf. Este le suministró unas botas con tacos ajustables para que los jugadores alemanes no resbalasen en caso de que el campo se anegara. Y así sucedió en la final disputada contra la imbatible selección húngara. Comenzó a llover y las botas Adidas se agarraron como lapas en aquella chocolatería. Resultado imprevisto: Alemania doblegó 3-2 a los magiares. La prensa bautizó aquel partido como «el milagro de Berna» (tuvo hasta película en 2003). Los borceguíes alcanzaron dimensión mítica.
Pero cría cuervos y te dejarán descalzo. Adi tenía otro enemigo en casa: Horst, su hijo mayor. Smit le tacha como un «conspirador encantador». Desoyendo la política paterna, el vástago mangoneó en la división francesa de la marca, y en su currículo se detalla cómo bloqueó un cargamento de Puma con destino a los Juegos de Melbourne en 1956, de qué manera llegó a un acuerdo con jornaleros del olivo de Fabara (Zaragoza) para que cosieran balones para Adidas en los 60, o cómo se las ingenió para vender en exclusiva zapatillas en la Villa Olímpica en México 68. Durante la tiranía simpática de Horst Dassler, Adidas reclutó para la causa a Bob Beamon, atleta que trituró el récord de longitud (890 centímetros), y a Dick Fosbury, estadounidense que inventó escorzo para el salto de altura.

En el otro lado, Armin, primo de Horst e hijo de Rudolf Dassler, propinó golpes maestros. Los atletas del black power dejaron en el podio unas Puma colocadas estratégicamente para que fueron examinadas por medio mundo: un cóctel de reivindicación y mercadotecnia. También consiguió que un muchacho brasileño con el 10 a la espalda se atara en unos momentos eternos sus botas Puma, modelo King, antes del saque inicial en un encuentro del Mundial de México 70. Las cámaras clavaron la mirada a ras de suelo en sus mágicos pies. Esa secuencia metió millones de marcos en la fábrica de Rudolf. El pelotero en cuestión era un tal Pelé. Y, ¿quién picaba como una abeja y volaba como una mariposa en el cuadrilátero gracias a sus Adidas de caña alta? Cassius Clay.
También hay anecdotario en castellano. El 13 de febrero de 1974 Adi Dassler irrumpió en el vestuario de la Selección Española de fútbol prometiendo a cada jugador 100 dólares por calzar Adidas. Los rojigualdas se jugaban el pase al Mundial en Francfort frente a Yugoslavia. Todos cambiaron de botas menos el madridista Pirri, quien a cambio de 400 dólares pintó las tres rayas, símbolo de la marca, sobre sus botas Puma teñidas de negro. Adujo que las Adidas «le hacían rozadura».

Condolencias. Para regocijo de la familia Adidas, Rudolf Dassler moría el 6 de septiembre de 1976. Alegría desbordante que se reflejó en la siguiente nota de condolencias: «Por razones de piedad humana, la familia Adolf Dassler no hará comentario alguno sobre la muerte de Rudolf Dassler». Cuatro años después moría Adi y su tumba se colocó a la mayor distancia posible de la de su amado hermano. El testamento de Rudolf daba plenos poderes a su mujer Gerd y excluía a su díscolo hijo Armin, quien finalmente se pudo hacer con el timón de la empresa tras una eterna lucha legal. Armin abrió un periodo fantástico para la compañía. Fichó al flaco Cruyff, al danés Simonsen, al nibelungo Netzer... y en el año 86 Diego Maradona ganó el Mundial de México con unas Puma que dejaron a los jugadores de Inglaterra como puertas temblorosas tras un eslalon de esquí.

Mientras tanto, la influencia del insaciable Horst consiguió que las multinacionales invirtieran en Mundiales y Olimpiadas. Intrigas, sobornos, sospechas sobre la UEFA, la FIFA, el COI... La casa Adidas cayó en manos del empresario francés y ex presidente del Olympique de Marsella Bernard Tapie en 1990 por 243 millones de euros. Dos años más tarde llegó la bancarrota. El ocaso coincidió con la explosión de las marcas estadounidenses Nike y Reebok, que le arrebataron parte del pastel gracias a la popularización de la NBA. Madonna o Brad Pitt luciendo modelos de Puma contribuyeron al relanzamiento de una empresa en horas bajas desde la retirada de Boris Becker. Su presidente, Jochen Zeitz, no pudo frenar la compra por parte de PPR, una multinacional francesa. Por su parte, Adidas volvió a manos alemanas, compró Reebok por 3.000 millones de euros y su consejero delegado, Herbert Hainer, devolvió gloria y dividendos. «Irónicamente, el único miembro de la saga ligado a alguna de las dos compañías es Frank Dassler, nieto del fundador de Puma que ¡trabaja para Adidas!», exclama Smit. Últimos símbolos: Zidane, el galáctico Beckham y varias selecciones nacionales de relumbrón. Cuba incluida. Porque de los tentáculos de Adi no se libró ni Fidel Castro, que viste su anti imperialista, revolucionario y quebradizo cuerpo con un chándal Adidas cada vez que reaparece. Como reza el último lema de la marca, impossible is nothing.

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